Helena tiene una
hija de 15 años de edad. Todos los días la acompaña en las mañanas a esperar el
trasporte escolar. Se despide, sube a su apartamento a arreglarse, atiende
algunas llamadas de sus clientes y sale a trabajar. A diferencia de muchas
mujeres de 32 años, Helena no se dirige a su oficina. No cumple horarios. No
tiene beneficios por la ley. Ella simplemente aguarda a que su celular repique
para comenzar la jornada.
Se dedica a la
prostitución desde hace más de una década. Oficio que ha mantenido oculto ante
los ojos de su hija y el resto de sus familiares. Dice que gracias a este trabajo
fue que pudo salir adelante. "Tenía apenas 19 cuando comencé. Y la gran
responsabilidad de cuidar a mi bebé después de que a su padre lo mataran en una
balacera. No sabía qué hacer”, rememora.
Cada día atiende
entre dos y tres clientes. Estos suelen apartar una cita con antelación en su
agenda: algunos ya conocidos, otros que acuden a ella por primera vez con la
esperanza de descubrir nuevos placeres. "Muchos están aburridos de sus
parejas. Entonces suelen hacer conmigo cosas que con ellas no harían. No
entiendo por qué", asegura la meretriz.
La gente piensa que
recibir dinero a cambio de sexo es algo sencillo. De hecho, se suele catalogar
a quienes se dedican a esta práctica como “mujeres de la vida alegre”. Pero la
realidad es otra. El placer está muy alejado de lo que realmente siente Helena
con sus clientes: “Mi trabajo es hacer que ellos disfruten. Lo que yo sienta no
tiene importancia. Es decir, yo no estoy ahí para pasarla bien. Solo hago lo
que me corresponde.”
El único regocijo que
experimenta es al compartir tiempo de calidad con su hija. “Ella no sabe que me
dedico a esto”, afirma. Sin embargo, reconoce que en más de una oportunidad se
ha perdido momentos valiosos de su compañía por estar trabajando. “Una vez un cliente
me llamó el 31 de diciembre en la noche. Tuve que ir. Cuando llegué ya se
habían dado el feliz año”, cuenta con tristeza.
Y es que en
ocasiones no puede negarse a los interesados en su servicio. “Me mandan a
buscar. Son gente de plata. Militares o enchufados que tienen con qué”, reconoce Helena. Explica que los encuentros
se llevan a cabo tanto en hoteles como en los apartamentos de ellos y que los
pagos siempre son en efectivo.
Con tanto tiempo en
el negocio ha logrado forjar poco a poco un acervo sustancial. Por supuesto,
gran parte de sus ingresos se van en tratamientos de belleza, intervenciones quirúrgicas,
ropa, maquillaje, extensiones y demás utensilios que le permitan mantener una
imagen “deseable”. Además de todo lo que puede comprarle a su hija para
complacer sus gustos y darle la vida que ella no pudo tener.
Recuerda un poco de
su infancia sin entrar en detalles: “No éramos pobres pero tampoco nos sobraba
el dinero. Mi papá se la pasaba tomando. Le pegaba a mi mamá cada vez que
llegaba borracho. A los 16 me fui de mi casa. A los 17 tuve a mi bebé.” Luego
de convertirse en viuda y madre soltera incursionó en la prostitución gracias a
la sugerencia de una amiga: “Yo no sabía hacer nada. Y necesitaba dinero. Ella
me dijo que así podía ganar bastante. Y acepté.”
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